Cuando era niña, mis abuelos ya eran viejos,
viejos ante mis ojos de niño,
así fui creciendo y mis ojos dejaron de ser de niño,
pasaron a los de adolescente, luego fueron jóvenes y después un poquito más.
En cada momento mis abuelos seguían siendo viejos,
pero nunca más viejos de lo que eran con mirada de niño,
Yo era conciente de mi crecimiento, de mis cambios,
pero ellos seguían siendo mis abuelos,
ahí, se quedaron, en el tiempo que los conocí,
permanecieron inmutables, a través de los años.
Yo creo que a ellos les pasaba algo igual,
porque a pesar de mis cambios visibles,
yo seguía siendo nieta,
pequeña siempre para ellos,
con sus cuidados, con sus ternuras y mimos,
aunque mis problemas cambiaran y pasaran de que dulce elegir,
a que carrera elegir y a otros que apercen solo en eso del hacerse grande.
Ellos seguían protegiendo al nieto, al pequeño, al que le resuelven todo con un amor casi irreal, ese que les da el don de ser abuelos.
Ese amor que se expresa con las comidas que saben a ellos,
con los abrazos que te dicen que sigues siendo un niño,
con el arte que cada uno trae en sus manos, arte de hilos, arte de buñuelos,
arte de maderas, arte de historias, arte de juegos, arte de música,
arte don de cada abuelo.
Sólo comprendí que crecer trae tiempo,
y que el tiempo nos pasa a todos,
cuando desperté y mi abrazo no tenía ningún abuelo ya,
que mi nariz no encontraba el olor a abuelos,
que deje de ser mijita y ya solo puedo ser hija y algún día sólo seré yo.
Pasó el tiempo y quedamos 4-0.
CIELO 4
YO 0